La Chica de Rosa
A día de hoy no cambiaría por nada del Mundo a mi mujer y a mis hijos, pues los amo con locura. Son lo que más quiero en la vida, incluso cuando me sacan de quicio.
Hará unos 15 años, cuando no tenía niños y todavía no se había cruzado en mi vida Cristina, mi mujer, conocí a «la chica de rosa».
Siempre fui tímido y reservado, aunque a medida que ha ido pasando el tiempo, poco a poco he ido superando mis miedos… mis fantasmas. En aquélla época me encontraba en fase de aprendizaje. Había superado algunas barreras de mi timidez, pero todavía me quedaban muchos fantasmas a los que vencer (hoy en día sigo tratando de superar algunos miedos).
Cierto día un amigo me presentó una chica. No diré su nombre. Me pareció muy guapa, amable, simpática, dulce y, sobretodo, muy femenina (algo que siempre me ha fascinado en una chica). Lo pasábamos bien. Así que quedamos un par de veces más los 3.
Tumbé un par de esos fantasmas y la invité a salir a solas… fuimos al cine, cenamos, y hablamos mucho. Quedamos más veces, no recuerdo cuántas, pero cada vez me gustaba más esa chica. Cada vez la encontraba más atractiva. Su dulzura y feminidad me cautivaron. Alternábamos el quedar a solas con el quedar los 3.
Había una particularidad en ella que nos llamaba la atención a mi amigo y a mí: Siempre, y digo siempre, llevaba puesto algo rosa. Recuerdo que, sutilmente, le pregunté en una ocasión sobre ello y me dio por respuesta una obviedad; que le gustaba mucho el rosa.
Sólo en una ocasión la vimos sin ninguna prenda rosa, pero no creo que sea una excepción porque sigo pensando lo que mi amigo y yo pensamos al tiempo:
Habíamos ido a echar unas partidas de billar… y, con ella delante, como es natural, no dijimos nada, pero en cuanto se ausentó al servicio; nos miramos y comentamos casi al unísono:
—¡Las bragas!, seguro que las lleva rosas.
Nunca lo supimos con certeza pero estoy seguro de que no nos equivocamos. Y que nos perdone por nuestro atrevido comentario, pues prometo que no hubo ningún tipo de maldad en ello.
Pues bien, como os contaba, salí de vez en cuando con ella durante una temporada, pero nunca me atreví a ir más allá, aunque me hubiera gustado. Poco a poco se fue diluyendo la magia del rosa. Recuerdo que pensé que le faltaba madurar un poco (Fue el único defecto que le encontré. Quizás fue una excusa para no tener que enfrentarme a mis miedos. No lo sé.)
Y le perdí la pista. Hace muchos años que no sé nada de ella. Ojalá le vaya todo muy bien.
Me pregunto qué habría pasado si hubiera vencido mis temores. ¿Cómo habría cambiado mi vida?
Retrocedamos…
Ya habíamos quedado a solas unas cuantas veces para ir al cine, a cenar o, simplemente, a tomar algo.
En esta ocasión veníamos de ver una película divertida y romántica. Una de esas películas que entretienen pero que no pasan a la historia.
Paré el coche frente a la puerta de su casa, en una urbanización tranquila y poco iluminada, y como nos solía ocurrir, a pesar de ser tarde, todavía nos quedamos hablando un rato en el coche.
Era una noche de verano, el cielo estaba estrellado y la Luna, a pesar de no ser luna llena, brillaba con fuerza. Al poco de estar allí con ella, medio embelesado lo vi… juro que la Luna me guiñó un ojo. Comprendí de inmediato que ese era el día. Tenía que apostarlo todo.
Normalmente después de hablar un rato nos despedíamos con 2 besos, ella salía del coche y yo no arrancaba hasta que había entrado en su casa. Evalué la situación y no lo vi claro así que, derribando otro fantasma, salí del coche, lo rodeé por la parte trasera hasta llegar a su puerta y la abrí. Ella me había seguido con la mirada, algo desconcertada y sin saber que, probablemente, ese gesto cambiaría su vida.
—Hace una noche preciosa, ¿te apetece que demos un paseo?
—¿Ahora? —lo preguntó mientras salía del coche. —Me gustaría pero no me conviene. Mañana madrugo y es tarde. ¿Otro día?
—Claro, no te preocupes. No pasa nada.
No era la respuesta que esperaba pero no iba a rendirme en la primera estocada. Iba tumbando sombras una tras otra.
Lo siguiente que salió de sus labios sólo fueron palabras triviales:
—La verdad es que la noche es perfecta. —Levantó la mirada para observar el cielo estrellado—. ¡Ojalá todos los veranos fueran como este!
—Sí que es perfecta…
Creo que fue la Luna quien me empujó a hacer lo que hice. Mi aliada, mi cómplice.
Acerqué mis labios a los suyos hasta notar el roce del carmín rosado, al mismo tiempo que cogí con mucha sutileza sus manos entrelazando mis dedos con los suyos. Mordí sus labios lentamente y con mucha ternura, pero no con los dientes, sino con mis propios labios. Ella hizo lo propio devolviéndome el beso, aunque algo tembloroso. Y cuando me creía victorioso, cuando mentalmente estaba agradeciendo el empujón traicionero de la Luna, pasó algo que no esperaba.
Retrocedió lenta y suavemente separando sus labios de mi boca. Lo que hizo que yo abriese los ojos para ver lo que ocurría. En ese momento vi que ella abría los suyos. Enmudecí pensando que de su boca saldrían las dolientes palabras de arrepentimiento. Creí que se desvanecía la magia… Apoyó su frente contra la mía y permanecimos así una eternidad. Mirándonos, como si esperásemos que nuestros pensamientos traspasasen nuestras frentes para no tener que hablar. Pero no fue así. Un susurro salió de su boca:
—Creo que te quiero.
Y, antes de que llegasen las palabras a mis oídos, me estrechó entre sus brazos y me regaló el beso más tierno y hermoso que puede recibir una persona. Se me erizó la piel y lo sentí. Sentí el significado de la palabra amor.
A partir de esa noche nos vimos cada día. El amor fue en aumento; primero de manera pasional y poco a poco se convirtió en nuestra religión.
Nos casamos el mismo día de nuestro primer beso 3 años después con una bonita ceremonia a la que acudió mucha gente, toda la gente importante de nuestras vidas. Ella estaba preciosa con un vestido brocado de tela de seda, no en blanco, sino, como era de esperar, en rosa. Un rosa pálido, casi blanco, que le sentaba de maravilla.
Tuvimos 3 hijos, 2 niños y una niña. Desde ese momento nuestra vida giró en torno a nuestra familia. La chica de rosa demostró ser una madre increíble, con una paciencia de santo y una esposa fabulosa.
Ahora la imagino así. Casada, con 3 peques revoloteando a su alrededor, un marido que la quiere y demostrando ser una mujer madura, responsable y con un corazón enorme. La imagino siempre femenina pero no siempre de rosa. La imagino feliz.
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«Es en los momentos de decisión cuando se forma tu destino». -Tony Robbins-
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Es un relato ameno, real y muy bonito. Me encantó!