Que se Confine el Covid: Capítulo I

Que se Confine el Covid: Capítulo I

Esta historia está ambientada en la época de la Covid-19. La actual enfermedad que amenaza la estabilidad mundial y la vida cotidiana.

La historia es ficticia, por lo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Se la dedico a mi hermano mayor, Jesús.

 

CAPÍTULO II 

CAPÍTULO I

El sol se colaba a través de las cortinas iluminando la estancia en un cálido color anaranjado, creando un clima de calma a lo que ellos denominaban su zona Chillout. Beatriz ya estaba sentada, esperándole con los cafés en la mesita, mientras que Gregorio se disponía a poner música tranquila para disfrutar de su momento de relax.

—¿Has oído lo de China? —le dijo Beatriz mientras le señalaba la taza de café recién hecho con su cafetera italiana.
—¿Lo del virus ese?
—Sí, dicen que es mortal. Ya ha matado a mucha gente allí y dicen también que podría extenderse por todo el mundo.

Gregorio miró a su mujer con cara de incredulidad. No podía ser que esa mujer siguiera siendo tan inocente.

—Bea, sigues siendo muy inocente. Te crees todo lo que sale en la tele. En primer lugar, es un virus como otro cualquiera, lo que pasa es que como no han sabido parar los síntomas, han muerto algunas personas y ya se han vuelto locos. Ya sabes cómo son los chinos. Y en segundo lugar, ¿en serio crees que eso va a salir de China? —hizo la pregunta casi riendo mientras se llevaba la taza de café a los labios.

El aroma del café y la divertida cuestión de su mujer le produjo una satisfacción inesperada y se echó a reír.

—Ríe lo que quieras, pero a mi me da miedo que pueda llegar aquí y que nos contagiemos. No sé  tú, pero yo no quiero morir aún.

En ese momento sonó el teléfono de Gregorio. Era del trabajo. Después de atender la llamada su rostro dejó de sonreír y quedó un par de minutos en silencio, algo abatido.

—Te hacen ir a la central, ¿no? —dijo Beatriz mirándole con ternura.
—Estoy hasta las narices de la central. Son unos ineptos, no saben hacer nada sin mi.
—Ya lo hemos hablado muchas veces, es tu trabajo. Cuando aceptaste el cargo ya sabías que  esto era así. Además te pagan bien…
—Sí, sí, ya lo sé. No hace falta que me lo recuerdes cada vez. —interrumpió Gregorio —Voy a cambiarme y me voy.

A Beatriz no le gustaba ver a su marido de morros, por lo que solía consentirle casi todo. Pasados unos minutos se acercó a la habitación. No estaba en ella. Al ver la luz del cuarto de baño encendida se dio cuenta de que, mientras él se acicalaba, tendría tiempo de hacer una travesura para que se fuese contento a trabajar.
Entró en la habitación, se quitó la ropa a toda prisa, incluyendo la ropa interior, y se puso el uniforme de trabajo de su marido, que se encontraba encima de la cama. Mientras se lo ponía se fijó que uno de los bolsillos estaba descosido. Pensó que no tardaría mucho en pedirle que se lo cosiera. Si quería la ropa tendría que quitársela, y quién sabe qué pasará. Después se tumbó en la cama adoptando una postura sexi e insinuante para seducirlo. Como estaba tardando más de lo previsto y forzar la postura le cansaba, se le ocurrió crear un ambiente más propicio, por lo que corrió la persiana, encendió la lamparita de la mesita de noche y la cubrió con un pañuelo de seda rojo que siempre tenía en el primer cajón de su mesita. ¿Por qué tardaría tanto este hombre?, no podía decirle nada para no romper la sorpresa. Beatriz se puso cómoda…

Unos minutos antes, Gregorio fue a cambiarse para ir a la central. Sacó el mono de trabajo del armario… ¿cómo se habría hecho ese enganchón en el bolsillo? A la vuelta le diría a Bea que se lo cosiera. Dejó el mono sobre la cama y, antes de ir a buscar otro a la coladuría, fue un momento al baño de la habitación, orinó y fue en busca del otro uniforme. Se vistió allí mismo, echó un vistazo a donde estaba Bea, pero no la vió. Habría ido a la cocina a por agua. Como tenía prisa se marchó. Siempre le daba un beso antes de irse, pero ella entendería las circunstancias. Al llegar al coche recordó que se había dejado la luz del baño encendida. Para trabajar en una central eléctrica se olvidaba demasiadas veces de apagar luces. Ya la apagaría Bea.

De camino a la central eléctrica el sol amenazaba con desaparecer tras el horizonte, por lo que Gregorio se dio cuenta que regresaría a casa ya entrada la noche. Dos coches había en el aparcamiento y con el suyo fueron tres.
Subió en el ascensor hasta la sexta planta, donde se encontraba la sala de alarmas.

—Antonio, ¿qué ocurre?
—Don Gregorio, menos mal que ha llegado —dijo Antonio preocupado —fíjese, el sector 2 y el sector 6 han caído…
—¿Cuándo ha ocurrido?
—Hará un par de horas.
—¿Y aún no está solucionado? Bueno, no se preocupe, lo arreglaremos.
¿Has leído lo del virus?
Gregorio giró la cabeza lentamente hacia Antonio, le miró con cara de “qué demonios tiene que ver eso”:
—Antonio, ¿no cree que podría dejar esas tonterías para otro momento? ¡Estamos en crisis, idiota! —le dijo gritando.
—Lo siento don Gregorio.

Dos horas más tarde, tras haber probado todos los parámetros que se le ocurrieron fue a su despacho para enviar un mail al servicio informático. Para Gregorio recurrir al Servicio de Informática era admitir que no sabía resolver el problema. Al abrir el correo vio que tenía un mail del Servicio de Informática. ¡Qué casualidad! Respondía a una consulta de Antonio Gea e iba con copia a Gregorio Varela.

<< Buenas tardes,
Respondiendo a su consulta sobre el sistema funcional del Sector 2 y del Sector 6, le hacemos saber que hemos localizado el problema. Se trata de un virus informático.
Estamos tratando de averiguar si ha sido intencionado o no. En cuanto sepamos cómo ha ocurrido daremos aviso.

Atentamente, Servicio de Informática. >>

A Gregorio le empezó a subir la sangre a la cabeza. Estaba enfurecido.

—¡Antonio!, ¡es usted un inútil!, ¿por qué no me ha dicho lo del mail? —los gritos retumbaron en toda la planta.
—Pero si se lo dije, don Gregorio…

Beatriz despertó en su cama con el mono de Gregorio puesto. En un primer momento se sintió desconcertada, aunque enseguida recordó todo y se dio cuenta de que se había quedado dormida.
Goyo debió verla dormida con su mono y se puso otro, pasando totalmente de ella. No podía creerlo. Que rechazara un “polvo” de esa manera sólo quería decir una cosa…

 

CONTINUARÁ…

CAPÍTULO II 

 

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“No confíes en lo que ves. Incluso la sal se ve como azúcar” -Anónimo-


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