Identidad

Identidad

Difícil entender lo que me estaba pasando.

—Soy Iván, soy Iván…

Sabía quién era y no podía dejar de repetirlo. Me miraba al espejo para asegurarme y en mi interior quedaba sosegado al reconocerme.

¿Por qué me tenían encerrado en aquella habitación blanca, acolchada y luminosa? ¿Por qué el único objeto de la estancia era ese espejo?

Deseaba con todas mis fuerzas que ese martirio terminase pronto. No entendía por qué llevaba una camisa de fuerza ni por qué me preguntaban continuamente quién soy y dónde trabajo.

—Soy José, yo soy José…

Y el espejo volvía a darme la razón al mirarme. Parecía que era el único que me escuchaba.

—Dejadme salir, por favor… soy Iván —les decía con insistencia.

¿Acaso pretendían volverme loco?

—Dinos quién eres y te dejaremos salir. —La voz que salía de los altavoces ocultos era amable y suave.

—Soy José, soy José… trabajo de celador en un hospital.

El eco de la habitación repetía mis palabras con insistencia y desesperación.

La camisa de fuerza me apretaba pero no me importaba porque a pesar de todo permanecería firme, sereno y, sobretodo, cuerdo. Pero al mismo tiempo me encontraba cansado y algo desanimado. Las horas pasaban y nada cambiaba. Siempre había sido un tipo calmado y disciplinado, de no ser así probablemente ya habría perdido la razón.

Soy Iván, yo soy Iván…

¿Quién querría saber quién soy y por qué?

 

En la sala interior se formó un poco de revuelo con la entrada de Inma, una enfermera con unos ojos enormes y mucho desparpajo que siempre estaba feliz. No entendían que estuviese contenta ante semejante cuadro clínico.

—Doctor, acaba de llegar el gerente del hospital —dijo con su habitual buen humor, como si no le afectara lo que estaba ocurriendo en el interior de la habitación

—Dígale que pase.

—No será necesario, siento la intromisión —dijo el Sr. Simón, gerente del hospital, plantándose frente a los monitores negros.

El cuartito era pequeño y estaba sumido casi en la oscuridad. Tan sólo lo iluminaban unos pocos leds.

Alrededor de los monitores se encontraban el Dr. Pérez, psiquiatra; dos enfermeras, Inma y María; un agente de seguridad y el propio gerente, el Sr. Simón.

—He venido en cuanto me lo han comunicado. ¿Qué les ocurre doctor? —dijo señalando los monitores.

—Es complicado de diagnosticar, Sr. Simón, ambos creen ser la misma persona… pero no saben cuál de las dos —miraba sus apuntes y se tocaba la barbilla pensativo.

—Pero, ¿cuál puede ser la causa?

—Todo indica que han debido pasar mucho tiempo juntos en solitario. Al no ver a nadie más han ido adquiriendo la identidad del otro hasta convencerse de estar  solos. Observe. —Apretó el botón del micro. —Dígame quién es usted y dónde trabaja.

Soy José, y trabajo en un hospital de celador…

—Yo soy José, yo soy José…

—Soy José, soy Iván…

—Yo soy Iván, soy celador de un hospital.

—Doctor, debe recuperarlos pronto, he cerrado otro ala del hospital donde les tengo asignada una tarea que sólo ellos pueden hacer… al menos a ese precio —la última frase apenas se oyó y la voz del señor Simón quedó quebrada por la angustia que sentía al darse cuenta de que le estaba pidiendo un imposible al doctor Pérez.

—Lo intento don Pedro, pero debe decirme qué han estado haciendo estos dos últimos meses.

El gerente bajó la cabeza avergonzado, sabedor de que la tarea que les había encomendado no era ninguna de las funciones del celador, pero el hospital se había quedado sin presupuesto para reformas y se había prometido a sí mismo que pondría parquet en todo el hospital. Era su obsesión.

—Han estado machembrando el parquet del pasillo de urgencias… casi dos meses sin salir de esa zona —Derrumbose don Pedro pensando que además les había ordenado que pusiesen el lado largo de las lamas en el sentido del pasillo, lo cual suponía una hazaña heroica para realizarla entre dos personas.

El doctor Pérez se dejó caer abatido, en una de las sillas.

 

Los dos celadores se miraban recelosos el uno al otro en aquella habitación luminosa, acolchada y totalmente blanca, con sendas camisas de fuerza.

—Yo soy Iván…

—Yo soy Iván…

—No, yo soy Iván, soy José…

—No, yo soy José…

—Soy celador.

Intenté recordar cómo había llegado allí. Por qué me habían encerrado. Me miré con atención al espejo. Ese espejo tenía algo extraño.

Me encontraba más atractivo que nunca, con más pelo, más delgado… mirarme en él me trasladaba a otro tiempo. Era como si hubiese rejuvenecido dos décadas.

 

En la sala;

—Don Pedro, eso puede volver loco a cualquiera. ¿No se le ocurrió pensar que tantos metros, repitiendo una y otra vez la misma operación, lama a lama, les iba a provocar confusiones irreparables en el cerebro?

—No pensé nada. Son celadores. Y ni siquiera tienen plaza. ¿Cómo crees que se cuadran las cuentas del hospital?

El Dr. Pérez Bueno no se molestó en mirar a don Pedro Simón. Se giró hacia Inma.

—¿Quién es José?

—Pues no lo tengo claro doctor. —Quería ayudar a esos chicos y no sabía cómo diferenciarlos. Imperdonable.

—¿No lo tiene claro? ¿Pero no lleva trabajando por lo menos dos años con ellos?

—Sí, pero siempre me he liado con los dos. Son muy parecidos.

—A mí no me mires —se apresuró a decir María antes de que nadie le preguntara.

—¿Iguales? —intervino el gerente —pero si uno es gordo, calvo y lleva gafas y el otro tiene bastante pelo, es delgado, atlético y guapo.

—Señor Simón, así es como son, pero cuando se les conoce mejor uno se da cuenta de que son tan parecidos que te da lo mismo uno que otro. Son lo mismo. Los dos encantadores. —aclaró Inma.

Hubo unos segundos de silencio.

Inma, María, ya saben lo que tienen que hacer.

 

Me seguía mirando al espejo y me veía más demacrado que nunca, pero mi aura nunca había gozado de tanta luz. Quizás fuese por la estancia en la que me encontraba… Alguien estaba abriendo la puerta.

 

Las dos enfermeras entraron en la sala con sendas inyecciones para dormir a los sujetos y que los llevaran a hacer un TAC, pero al ver la cara de desafío de ambos, solicitaron ayuda.

¡Celadooor! Hay que hacer una contención.

Iván y José, disciplinados como siempre, acudieron a la llamada y, aún con las camisas de fuerza, no sin un gran esfuerzo, se consiguieron contener el uno al otro… o a sí mismos.

 

Eso nunca lo sabremos, pues todavía nadie sabe la verdadera identidad de ninguno de los dos.

Se dice que contienen vasos comunicantes y lo último que se ha sabido es que a uno de ellos ya le han puesto las dos dosis de la vacuna contra la COVID-19 y el otro, sin que le hayan puesto aún la primera dosis, sufrió los efectos secundarios de la vacuna.

 

 

Va dedicado a José, un buen amigo y compañero de trabajo. Tanto hemos conectado que en el hospital nos han llegado a confundir sin apenas parecernos. Nos llaman Zipi y Zape pero a mi me gusta más don Quijote y Sancho Panza por aquello de las aventuras y desventuras y todas las confidencias contadas.

 

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Post Data: Lo de la vacuna es verídico.

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La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos personas es incómodo″ -David Tyson Gentry-


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5 comments
  • Un relato de lo más loco y divertido.
    Me ha gustado mucho.
    Por cierto, también me gusta mucho Don Quijote y Sancho Panza pero para mí siempre seréis Zipi y Zape, aunque como en tu relato, no sé quién es quien.

  • Ivan, cuando leo tus relatos pienso, pero solo un poco, que eres más bueno que yo, luego pienso que no eres más bueno, solo que escribimos distinto. No se si me engaño o no, pero la verdad es que te tengo una envidia siempre sana…
    No dejes de escribir nunca.
    Siempre tu amigo.

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