—¡Andrés, Andrés! —escuché mi nombre— ¡Andrés! —Una vez más. Me di la vuelta haciendo girar la silla para averiguar quién me reclamaba con tanta insistencia.
A esa hora, cerca ya de las 5 pm, quedábamos cuatro personas en la oficina.
—¿Tienes novia, tío? —soltó Francisco sin más.
—¿Y eso a qué viene? —repuse con extrañeza.
32 años me contemplaban. Muchos rollos de una noche, de una tarde o incluso de un café de la mañana. Muchos flirteos en mi haber pero ni una sola novia. Bueno sí, una novia. Una novia de un mes. 29 días realmente. Desconozco si existe un tiempo mínimo de salir para que sea considerado como noviazgo.
—Es una pregunta sencilla. ¿Tienes o no tienes? —insistió mi compañero de oficina. Ni siquiera de escritorio.
Ese interés repentino sobre mi vida sentimental me ponía nervioso. Tengo buena reputación en la oficina y soy una persona correcta, educada y disciplinada.
—No —contesté con temor y sequedad.
—¿Podemos hablar al salir? Te invito a un café —dijo de forma abrupta.
No entendía nada pero no pude negarme, pues algo en su voz me alertó de la importancia del asunto.
Mis papilas olfativas absorbían el aroma que desprendía la taza humeante que estaba frente a mí para deleite de mi cerebro. Al menos podría degustar el merecido café mientras escuchaba lo que Fran tenía que decirme.
—Necesito tu ayuda. No digas nada. Escucha lo que te voy a contar y entenderás —tan solo asentí al tiempo que posaba mis manos sobre la taza para notar su calor—. ¿Cómo empezar?, ¿recuerdas la fiesta en mi casa cuando volví de la Luna de miel? Estuviste hablando con mi hermana, ¿te gusta mi hermana?
Recordaba esa fiesta. Un compromiso de trabajo. Y recordaba a su hermana (bastante mona, por cierto), pero hablé unos segundos sobre el vino y las bebidas que habían sobre la mesa. 2 minutos quizás. Era mona, pero nada del otro mundo.
—Mis hermanos y yo creemos que eres la persona indicada para que salgas con Esther…
—A ver, a ver, ¿tus hermanos y tú?, ¿de qué va esto?, ¿vosotros decidís con quién sale tu hermana Esther? —interrumpí alarmado.
A mí que no me líen. Estoy muy bien solo. Las mujeres únicamente traen problemas. Prefiero ser un picaflor. Además me va muy bien así. Es antinatural estar sólo con una pareja.
—Andrés, deja que te cuente todo y verás cómo lo entiendes —¿qué tenía que entender si la única vez que había visto a Fran fuera del trabajo había sido en esa absurda fiesta?—. Se trata de mi madre, viuda desde hace dos años —su cara cambió de semblante. La tristeza le agrietó sus facciones súbitamente—, se está muriendo. Sus tres hijos varones estamos casados y acomodados. Nada le haría más feliz que ver a su única hija encandilada con un novio que la quiera.
—Y ese soy yo, claro. No hay nadie más. ¿Qué os hace pensar que me gusta vuestra hermana?
—Nos gustaría que te guste para que todo cuadre.
—No me gusta Esther. Estoy bien solo, gracias —me levanté pero me sentó bruscamente poniendo una mano sobre mi hombro.
—Aún no has escuchado el final de la historia —el tono de su voz fue tan autoritario que me sorprendió—. Es mi madre quien se ha convencido de que tú eres su novio. En la foto de grupo de la fiesta apareces al lado de Esther, y mi madre, en su mundo interior ha decidido que tú eres su yerno. Su demencia y el azar te han elegido a ti.
—¿Y Esther qué dice?
—Le daba vergüenza pedírtelo. Quizás sea mejor que no te guste, al fin y al cabo será una comedia temporal. No estás obligado pero espero verte mañana viernes a las 8 pm. Esta es la dirección de la casa de mi madre, “tu suegra” —me entregó una tarjeta y se levantó. Pagó en la barra y se marchó.
Permanecí largo rato sentado. El café se había enfriado. Estaba atónito. Todo había sido surrealista. No me tomé ese café.
Solía dormir bien pero esa noche no pegué ojo. No quería engañar a una abuelita moribunda, pero quién no querría que su madre abandone este mundo de manera feliz. La responsabilidad de dicha felicidad recaía sobre mí y eso me abrumaba.
De tanto darle vueltas al asunto, se me ocurrió pensar en Esther. Le daba vergüenza pedírmelo. Quizás le gustaba yo realmente. Quizás es parte de una treta para seducirme. Pobre tonta, tendría que saber que yo tengo otra filosofía de vida. Vivir. No me va lo de engancharme con nadie. Este último pensamiento me hizo gracia y es lo que me animó a embarcarme en esa aventura. Podría ser divertido.
Me presenté en el portal a las 7:55 pm y allí estaba Fran con su hermana, esperándome.
—Has venido. Gracias —abrió la palma de la mano como diciendo “aquí tienes a tu novia”.
—Hola —dije.
—Puedes llamarme “amor”, pero que no se te suba a la cabeza, “corazón”.
La madre presidía la mesa. Yo quedaba a su izquierda, a mi lado Esther, enfrente nuestro estaba Fran con su mujer, la pareja que estaba al lado de la mujer de Fran era su hermano Antonio con su mujer; y frente a ellos el otro hermano, David con su novia.
Doña Mercedes, la madre, me dio un sentido abrazo y un beso espantoso nada más verme. Irradiaba felicidad. Cada dos por tres me cogía la mano con cariño. Durante la cena la relación con doña Mercedes fue fácil de llevar. Únicamente se preocupaba de que me gustara la comida, me preguntaba si estaba todo bien y un par de veces quiso que le diese un beso a su hija. Yo la besé en la mejilla en ambas ocasiones y con eso la mujer quedó contenta. Lo realmente incómodo eran las miradas del resto de la familia. Me fusilaban continuamente. Creo que eran celos.
Una vez terminada la cena no permitieron que me fuese. Tenían la costumbre de estar de cháchara entre una hora y una hora y media. Esther apenas me hablaba pero no se apartaba de mi lado.
El momento más comprometido de la noche fue cuando sonó una canción lenta en la radio y doña Mercedes se empeñó en que bailáramos. Tenía fijación por nosotros, pues el resto de la familia permaneció sentada. Unos aún alrededor de la mesa, otros en el sofá y algunos en sillas.
No se me daba mal bailar, así que hicimos el show. Apoyé mi mano derecha sobre su espalda, a la altura de la cintura y con la otra agarré suavemente su mano en posición de baile. Y comenzamos a movernos siguiendo el ritmo de la canción. El detalle comprometido fue cuando Esther, con su mano suelta bajó la mía bastante más, de manera que quedó apoyada en su trasero, y me dijo al oído:
—Tiene que ser creíble, corazón.
Durante el baile me miraba fijamente a los ojos y sus labios estaban tan cerca de los míos que sentía su respiración dentro de mi boca. Fue muy sensual y no me importó.
Nada más salir de la casa, después de despedirnos de la madre, la niñata de 26 años se esfumó sin ni siquiera decir adiós.
—Espero haber ayudado —le dije a Fran.
—Claro que sí. No veíamos tan feliz a mamá desde antes de que muriera mi padre. Gracias.
—Ha sido un placer.
—Nos vemos la semana que viene Andrés… Bueno, y el lunes en la oficina —dijo con una gran sonrisa.
—¿Cómo que la semana que viene?
—¿No te lo ha dicho Esther?, cada viernes cenamos todos juntos. Los lunes voy yo, los martes Antonio, los miércoles es vuestro día a solas con mamá y los jueves David. Los fines de semana, si alguien puede también va a verla, pero esos días a veces van amigos de mamá —lo dijo con tanta naturalidad que parecía que fuese mi obligación.
—No quiero faltaros al respeto, pero yo también tengo vida.
—Es algo temporal Andrés, ya sabes que le queda poco —y bajó la mirada compungido—. Por cierto, ¿seguro que no te gusta mi hermana? Te he visto muy cómodo.
—Créeme que no. Es arrogante.
El miércoles llegué 10 minutos antes al portal y Esther casi 15 minutos tarde. No sé por qué no me fui. Supongo que no era consciente de lo que iba a pasar.
Doña Mercedes nos miraba con cara de felicidad, igual que la anterior vez. Igual que cada vez que íbamos. Nos trataba de maravilla y a veces nos pedía que bailáramos. Le gustaba vernos bailar.
Durante esa cena Esther se pasó con el vino. Y siguió bebiendo después de la cena. Mientras bailábamos bajo la atenta mirada de doña Mercedes, Esther me pidió que la besara para hacer el teatro más realista. Y la besé. El beso sencillo se convirtió en un beso de película. Y me gustó. ¡Vamos que si me gustó!. Pero estábamos actuando y eso no había que olvidarlo.
La mujer nos pidió que nos quedáramos un rato más a ver la tele. Ella no duró mucho despierta.
—¿Me pones un poco más de vino? —me dijo mostrándome la copa vacía.
—No deberías beber más. Además, tu madre ya se ha dormido. Deberíamos irnos.
—Quiero vino.
Le eché vino y, valga la redundancia, se vino hacia mí. Se abalanzó como una gatita en celo y empezó a besarme. Nunca supe qué fue de esa copa pero tampoco me importó.
La vieja estaba dormida en un sillón y nosotros nos disponíamos a amarnos en el sofá colindante. Me siguió besando, me quitó la camisa y comenzó a lamer mi pecho. Le desabroché su camisa y ella misma se deshizo del sujetador. Estábamos rozando nuestra piel, nuestros pechos, los labios.
—Me gusta así. Estemos así un rato. Sintiéndonos —lo dijo con sentimiento, no con pasión.
—A mí también me gusta amor.
—Estoy enamorada de ti.
No supe qué decir, así que callé y me quedé un rato disfrutando del momento.
Cuando me di cuenta, Esther estaba profundamente dormida. Era hermosa y suave.
Fiel a mi educación, me aparté como pude y la tapé con delicadeza. Le di un beso y antes de irme, también tapé a su madre.
No tenía su número de teléfono y no quise pedírselo a Fran, así que tuve que esperar al viernes.
Llegó el día y al verla le di un beso en la mejilla, pues estaban sus hermanos. La cena discurrió de manera muy parecida a la del anterior viernes. Las miradas molestaban menos. Sólo tuve un momento a solas con Esther y le pedí que me acompañara al balcón.
—No tengo tu teléfono —le dije sonriente al tiempo que tomando sus manos.
—¿Y para qué lo quieres? —apartó sus manos.
—Bueno, el miércoles te quedaste dormida. He estado pensando en lo que pasó. Podríamos vernos. Sin tu madre.
—Es cierto, me quedé dormida. A veces estar con mi madre fingiendo me produce aburrimiento. Lo siento.
—A mí no me pareció aburrido. Me gustó.
—Andrés, no sé qué pretendes, pero no te voy a dar mi teléfono. El miércoles bebí demasiado y no recuerdo nada.
—¿En serio? —no me lo podía creer. Era una obviedad que yo le gustaba.
—Sí. Acabemos la velada lo mejor posible.
Y llegó el miércoles. Nuestro día.
—¿De verdad no recuerdas lo que hicimos el miércoles pasado?, ¿lo que me dijiste? —le hice las preguntas nada más verla porque llevaba una semana sin poder dormir. Esa mujer me había robado el sueño.
—¿Qué te dije?, ¿qué pasó?
—No lo recuerdo, por eso te lo pregunto —le respondí esperando ver algún signo de complicidad en sus gestos. Nada.
—¿Entramos?
Esther volvió a emborracharse y nuevamente me sedujo. Cada vez me parecía más hermosa, más sensual y más auténtica.
En esta ocasión se durmió antes, pero con su cabeza apoyada en mi pecho. Me encantaba.
Descubrí que las cenas en casa de doña Mercedes eran fotocopias con pequeños matices que las diferenciaban. Pero cada vez nos íbamos conociendo más.
El viernes tampoco recordaba nada. El viernes era esa chica distante que no bebía alcohol. El viernes me rompía el corazón.
A la tercera semana de repetirse el guion, decidí hablar con Fran. Esta vez le invité yo al café. En la misma cafetería. En la misma mesa.
—¿Qué ocurre? —me preguntó preocupado.
—¿Cuánto va a durar esto Fran?
—Verás, te pido que tengas un poco de paciencia. Resulta que ahora dice su médico que está bastante mejor. Ha cambiado su diagnóstico. Le daban un mes de vida, dos a lo sumo. Y ayer me dijo que está reviviendo. Que multiplique por tres el tiempo. Estoy feliz. Y todo gracias a ti —las lágrimas le asomaban con brillo.
—No me refiero a eso Fran. Me refiero a tu hermana. Está enamorada de mí pero no quiere admitirlo…
—Ja, ja, ja —su risa interrumpió mi discurso—. ¿Esther se está enamorando de ti?, ¿no será al revés?, pillín.
Se levantó y se fue. Pagué los cafés y también salí de la cafetería. Volvió a quedar intacto mi café.
No podía creer lo que estaba pasando, así que tomé una determinación. Pasaría de ella. Al fin y al cabo todo era teatro.
El siguiente miércoles volvió a ocurrir lo mismo. Me quiere y la quiero. Me lo dice y yo lo siento dentro de mi corazón. Los borrachos no mienten. Y mi corazón tampoco.
Pasaban las semanas. Los viernes se trataba de un trámite aburrido, aunque al menos la veía. Los miércoles… eso era otra cosa. Mis días se sucedían sin que me enterara. Mi único objetivo era llegar al miércoles. A veces sólo caía algún beso, otras, en cambio, la seducción llegaba bastante más lejos. Yo la respetaba. No le haría jamás el amor mientras estuviera ebria. Deseaba que admitiera que estaba enamorada de mí tanto como yo de ella.
Cuatro meses y medio después del comienzo de esta película llegó el acto final. Doña Mercedes falleció un lunes lluvioso.
Fui al funeral. Todos, incluso yo, soltamos nuestras lágrimas por esa mujer.
Y tuve la ocasión de hablar a solas con Esther.
—¿Ahora qué, amor?
—Ya no es necesario que me llames así. Se acabó fingir.
—Me gusta decírtelo.
—¿Por qué?
—Por cariño hacia tu madre —quise decirle que porque es lo que siento, pero el orgullo me lo impidió. Ella debía admitirlo primero.
—Gracias. Espero que te vaya muy bien todo. Ya nos veremos.
—¿Me das tu teléfono?
—Quizás en otro momento. Cuídate —sonó a despedida.
Pasé dos largas semanas deambulando por mi vida hasta que un día, en la oficina le dije a Fran:
—Fran, dame el número de tu hermana, por favor.
—¿Para qué?, ya no hay que hacer más teatro.
—Verás, lo creas o no, ella está enamorada de mí y yo de ella. Necesitamos estar juntos.
Fran quedó atónito.
—¿Sigues con eso?
—Los miércoles siempre se emborrachaba y me lo decía. No me estoy inventando nada. Ella me ama.
—Mira —sacó su móvil y me enseñó varias fotos de ella con otra mujer. En una de las fotos se estaban besando— siento decirte que mi hermana es lesbiana… y no bebe.
No supe qué decir, así que no dije nada. Tocado y hundido.
Ya nada tenía sentido, así que hice lo que debía hacer. Sin decir nada a nadie, pedí traslado a una oficina de las que tenía la compañía en México y emigré para siempre.
Por lo que nunca me enteré de que al descubrir Esther mi marcha, finalizó la relación con su pareja y me buscó sin éxito. Le explicó a sus hermanos que el verdadero teatro siempre había sido esa vida. Y que, aunque su madre nunca se hubiese enterado de que su pareja era una chica, estaba con ella por rebeldía. Una rebeldía oculta y sin sentido. Una rebeldía que le llevó a negar lo que decía su corazón y a perder al verdadero hombre que le había dado vida. Cuando por fin había superado su orgullo y creyó que era el momento de darme su número, yo no estaba. Era tarde. Y sólo se quedaría con los momentos vividos en miércoles.
No hubo un sólo miércoles que no pensara en mí. Ni un sólo miércoles que yo no pensara en ella. Ambos, siempre, con una copa de vino.
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“El orgullo nos cuesta más que el hambre, la sed y el frío” -Thomas Jefferson-
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Hola Iván, me ha encantado, es la pura realidad , perdemos tantas cosas de la vida por orgullo..no dejes de escribir.
Cierto Loli, el orgullo no suele traer nada bueno.
Me siento feliz cuando gusta lo que escribo. Un besazo.
Hermosa historia, estremecedora y real como la vida misma. Enhorabuena
Gracias, me alegro que te guste
Enhorabuena Iván, como todos los demás me ha encantado/enganchado. Cierto como la vida misma, a veces nos perdemos cosas importantes y hermosas de la vida por orgullo.
QUE ESTUPIDEZ
Totalmente de acuerdo Miguelito. Gracias por leerme. Un abrazo.
Muy bonita historia Iván y bien escrita.
Gracias, me alegro de que te guste. Un abrazo.
Intrigante hasta el último momento .
Por fin has vuelto!!!!
Siempre que puedo vuelvo, bombón. Un besazo enorme
Me a gustado mucho, nunca dejes de escribir.
Gracias. Nunca dejes de leerme.
Nunca, sabes que soy tu fan numero one.