Lobos Desalmados

Lobos Desalmados

Debería ir al hospital. ¿Debería?

La enfermera daría aviso a la policía y acabaría pasando una larga temporada entre rejas.

 

Estoy desnuda frente al espejo. Acabo de quitarme la ropa.

Primero la blusa; no he necesitado hacer mucho, pues esos desgraciados la abrieron sin pensar en los botones. Ha quedado rasgada (como yo) y manchada de colores oscuros, entre granate y marrón. Mi blusa blanca. Me encanta. Me encantaba. Ahora la odio. Después la falda negra ajustada; sólo he tenido que desabrocharla de la cintura y la he dejado caer. Demasiado atrevida para salir a tomar unas copas. Por último, al quitarme el sostén que no sostenía nada, ya que mis senos no han tenido tiempo de colocarse en su lugar durante mi huída hasta casa, quedo desnuda. Me ahorré el tener que quitarme las bragas de encaje a juego con el sujetador de color turquesa.

La ducha está empezando a desprender vapor. Necesito que esté muy caliente. Ardiente.

Como los dos hombres que me han asaltado.

Doy asco.

Llevo la cara ensangrentada y magulladuras por todas partes. La brecha de la cabeza me duele pero no la siento. Hay más dolor en mi ser que en mi cuerpo.

Detesto mirarme ahora. Quizás sea por eso que me alegra ir desapareciendo en la niebla de vapor.

Es culpa mía.

Las lágrimas dibujan el cauce de un río sobre mi mejilla. Dos en realidad. Dos riachuelos de tinta roja para que no olvide lo que acabo de hacer.

Estoy derrumbada. Me meto en la ducha pero no cierro la mampara. Necesito poder ver mi rostro. Intento penetrar en el reflejo de mis ojos para descubrir si queda algo de la mujer que era antes de haber salido de casa esta noche.

El agua quema. Puede que esté hirviendo pero no siento nada.

Rompo a llorar con desesperación. Abrazo mi cuerpo desnudo bajo la lluvia. Me voy hundiendo. Quedo arrodillada, con los pechos colgando como las ubres de una vaca, apoyada en el plato de ducha con los puños cerrados y la cabeza gacha mirando cómo el desagüe se va llevando la sangre, el barro, la mugre y mi dignidad.

Soy culpable.

De no haberme vestido así… ¿Por qué tuve que arreglarme tanto para ir a tomar unas copas?

Cuando me gritaron “guapa“ incluso sonreí. Normal que se acercaran. Normal que se excitaran.

Yo les provoqué.

Incluso creo que disfruté de que me miraran. Si no, ¿para qué me había vestido así?, ¿para qué me había maquillado tanto?

Mi sonrisa se borró con celeridad cuando el de menor estatura me empujó al callejón. El de las manos enormes me agarró al tiempo que me amenazaba con una navaja, y me llevaron donde sólo las ratas se atreven a merodear.

No dije nada. No me resistí.

Quizás deseaba que sintieran el suave tacto de mi secreto, pues mi afán por ir impecablemente hermosa a tomar unas simples copas con una amiga, me llevó a depilar mi sexo con especial cuidado. Di por finalizada la tarea cuando al pasar mis dedos por la zona prohibida hizo que se me erizara la piel. El tacto sedoso me hizo soñar unos segundos. Me hizo estremecer.

Mientras el bestia me sujetaba por la parte de la cabeza con sus enormes manos y me abría la blusa sin contemplaciones para hacer lo que hizo; magreando mis tetas todo lo que pudo haciendo que se liberasen del sujetador, el enclenque me subió la falda y deslizó mis bragas hasta sacármelas de las piernas con una destreza arrulladora. Todo fue muy rápido. Ni siquiera pataleé.

Un fugaz pensamiento abordó mi mente: En otras circunstancias nunca habría querido conocer al bestia, pero al que tenía entre mis piernas… Pensar esto me hizo sentir sucia. Creo.

Yo lo deseaba.

El sutil cerdo no me dejó tiempo de reaccionar. Introdujo su puñal erecto dentro de mi ser (así lo sentí) sin esperar que esa embestida tan veloz le hiciera sentir el placer que experimentó gracias a mi estúpido afán de estar perfecta, especialmente allá abajo.

Merezco lo que ocurrió.

Fue justo en ese instante cuando gocé y reaccioné al mismo tiempo. Eché la cabeza hacia atrás al tiempo que solté un gemido, lo que hizo que el que me tenía inmovilizada aflojara la mano.

No fui yo.

Fue mi instinto de supervivencia quien con un rápido movimiento le arrebatara la navaja y le asestara una puñalada en la garganta. La sangre brotó abruptamente sobre mi cara, sobre mi blusa y sobre mi pecho.

¡Por Dios!

Me acababan de violar.

Ahora soy una asesina.

El intruso salió raudo de mí e intentó huir. Sus pantalones por los tobillos se aliaron conmigo para hacerle tropezar con sus vergüenzas al aire aún impregnadas con la fragancia de mi intimidad. No tardé ni dos segundos en alcanzarle. Ni dos segundos en convertirme en doble asesina.

Asesina en defensa propia.

No fui yo.

Fue mi coraje.

No fue culpa mía.

Yo soy la víctima.

Alzo la vista… me levanto. Ha caído mucha agua fuera de la ducha. No tiene importancia. Me miro al espejo y no me veo. Está totalmente empañado. Lo limpio con la mano. Me veo. Ya no me doy asco pero me echo a llorar. Esta vez no lloro por mi desgracia. No lloro por haberme sentido sucia. Y menos por haber matado a esos hombres. ¿Hombres? Lobos… desalmados.

¿Cómo he podido ser tan estúpida?

Me han violado.

Me han matado en vida…

No soy culpable.

Yo no les he provocado. Ellos han provocado su muerte.

Cojo el teléfono.

—Hola, necesito una ambulancia… me acaban de violar. —lloro sin consuelo. Lloro hasta vaciar mi sentimiento de culpa. Después sólo lloro. Por dentro y por fuera. Me han roto.

 

 

 

Allá por septiembre del año pasado vi por casualidad un anuncio sobre un concurso de relatos cortos, y se me ocurrió participar (nunca había participado en uno), más que nada para ver un poco mi nivel. Entre otras cosas, en las bases, indicaba que no podía ser de más de 500 palabras. Así que, unas semanas más tarde, ya entrados en octubre, escribí el relato pero cuando vi la cantidad de palabras… me salían casi 1.000, por lo que no lo pude presentar a ese concurso (tampoco podía reducir el relato a la mitad), así que busqué otro concurso donde encajara mi relato (los concursos los condicionan por número de palabras, temática, etc.), y lo presenté.

Premiaban a los 3 primeros. No fui premiado. Pero estoy contento con el relato. Y, leyendo los relatos premiados, he de decir que el primero me pareció muy bueno pero los otros dos, sin pretender desmerecer su puesto, creo (aunque quizás no pueda ser objetivo del todo) que no son mejores que el mío. Quiero decir que creo que Lobos Desalmados no habría desencajado ahí.

Os dejó el enlace de los tres para que, si os apetece, juzguéis vosotros mismos. Y si queréis dejáis aquí, en comentarios, vuestra opinión al respecto.

Primer premio: María y Jacinto

Segundo premio: Los ojos de ellos

Tercer premio: Encarna

Os recuerdo que podéis suscribiros a mi blog para recibir los artículos que publique. Espero vuestros comentarios, y si os apetece compartirlo, os lo agradezco. Gracias.

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«Las lágrimas eran para los días débiles, ahora soy más fuerte». -Rihanna-


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About the author

4 comments
  • Iván, me ha sorprendido tu relato. Describes las cosas como un gran escritor y veo que has conseguido captar los sentimientos de una mujer en un caso así. Sigue así y maduraras aún más como escritor. Así de bien solo escribe alguien que ha leído mucho. Me encanta..

  • Muchas gracias por el comentario hermano, me alegra mucho que te haya gustado. Eso me anima a seguir creando.

  • Mi mas sincera enhorabuena, aunque esta claro que soy tu hermano, pero no importa porque lo digo de corazón.
    Es un relato que engancha de principio a fin, sobretodo por como esta escrito. Como ya te dije por tlf para mi esto es como los comicos en ocasiones el chiste es malo pero si el comico es bueno, te ries y disfrutas. Y he disfrutado.

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