El Final de las Hojas
Sentado en un banco del parque me quedé observando los árboles de alrededor. Era Otoño y comenzaban a caer las hojas. ¿Para qué sirven las hojas?, supongo que de algún modo alimentan al árbol. Le dan vida.
En la copa del árbol se encontraban dos hojas solas en una rama.
– Fíjate amigo, -Le decía una a la otra- sólo quedamos tú y yo acá en esta rama.
– Cierto, es ley de vida. En cuanto el viento nos tire sólo nos quedará un suspiro antes de quedar secas y perder el color. Ya no serviremos para nada.
– ¿Realmente crees que no serviremos para nada una vez que nos desprendamos de la rama?
– Sólo tienes que mirar hacia abajo. ¿Acaso no ves el manto de hojas que cubre el suelo? Todas ellas han llegado al final de su ciclo, al final de su vida. Una vida efímera.
– La vida nunca es corta… vivimos lo que necesitamos vivir.
– Entonces, ¿por qué nosotros vivimos sólo entre 2 y 3 estaciones y las personas décadas? Si la mayoría de ellos lo único que hacen es trabajar y sufrir para sobrevivir. En realidad les bastaría sólo con vivir la infancia, pues es la única etapa en que se les ve verdaderamente felices.
– Te equivocas amigo. Cierto es que la inocencia de la infancia les hace estar ajenos a los problemas de la vida y por lo tanto se convierte en una etapa feliz, pero eso no quiere decir que el resto de su vida no lo sean.
Lo que ocurre es que todos tenemos un cometido en la vida y el tiempo que la naturaleza les concede lo emplean para mejorar su mundo y así consiguen que las generaciones venideras puedan disfrutar más y mejor de todo lo que les rodea.
– Vale, puedo aceptar eso, pero insisto en que sobra el final del camino. ¿De qué sirve el tiempo que tenemos desde que nos liberamos de la rama hasta que nos secamos?, o lo que es lo mismo, ¿desde que una persona se jubila hasta que le llega su hora? Ese tiempo sobra.
– ¿Sobra? Antes me hablaste de ese manto de hojas de allá abajo… ¿No te das cuenta de que están protegiendo al suelo de la erosión? Si no fuese por esas hojas… por la última fase de su vida, el suelo se erosionaría y, probablemente, éste árbol, el castaño del que formamos parte no aguantaría un golpe de viento. Y con las personas pasa lo mismo… todo su tiempo es necesario.
La naturaleza siempre ha sido sabia.
– Entonces, según tú, sólo servimos para alimentar al castaño y protegerlo justo antes de morir. Del mismo modo que los humanos alimentan a los poderosos trabajando para ellos durante toda su vida y cuidan de sus nietos para que los padres de éstos puedan seguir trabajando y así proteger el legado de esos mismos hombres acaudalados.
No veo qué tiene eso de bueno.
– Nunca sabremos hasta dónde ha llegado nuestra aportación a la vida, pero siempre dejamos cosas buenas a los que están por venir. Aunque para ello sea necesario favorecer al árbol, del que, dicho sea de paso, también nos beneficiamos nosotros. Así funciona el sistema y, por lo tanto, la vida.
Mi descanso estaba finalizando y tenía que volver a la oficina. Me levanté y automáticamente mis pies comenzaron a llevarme en dirección al trabajo. Paré un momento y eché una última mirada al castaño que había justo al lado del banco donde había disfrutado de mi merecido momento de tranquilidad.
De una rama de la copa cayeron dos hojas. Las dos últimas hojas que quedaban en esa rama.
Y retomé mi camino…
El viento separó esas dos hojas en direcciones opuestas. Todo pasó detrás de mí.
Una fue a parar a las manos de un naturópata que buscaba ese tipo de hoja para curar la faringitis de un bebé de 6 meses que no dejaba de llorar por el dolor.
La otra la recogió una niña que jugueteaba con una mariposa. Le pareció tan bonita que se la regaló a su mamá. Era su manera de decir «Te Quiero». La mamá, emocionada, la conservó entre las páginas de un libro durante toda su vida.
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«El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para qué se vive». -Fiodor Dostoievski-
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