Que se Confine el Covid: Capítulo II

Que se Confine el Covid: Capítulo II

CAPÍTULO I

 

CAPÍTULO II

La consecuencia del maldito virus informático derivó en dos hechos principales: un aluvión de llamadas que dejó colapsada la centralita de la compañía durante tres horas y la noche en vela que iba a pasar Gregorio al tener que personarse con un equipo técnico en cinco núcleos urbanos que se habían quedado a oscuras por culpa del virus.

 

Después de contactar con el operario de guardia para hacerle ir a la central, se reunió con Antonio y le pidió que localizase a dos operarios más para recuperar la luz de los cinco núcleos afectados, los pertenecientes a los sectores 2 y 6.

Treinta y cinco minutos más tarde se encontraba en uno de las furgonetas de la compañía junto al incompetente de Antonio y dos chavales de no más de 25 años. Tardaron algo más de 45 minutos en llegar a la garita que hacía de central del primero de los cinco pueblos, que se encontraba a unos 10 kms de la casa de campo de Gregorio.

 

Los pensamientos de Goyo recorrieron momentáneamente esos 10 kms y pensó que, teniendo en cuenta que eran las 22:00 h del jueves y acababan de llegar al primer pueblo, tendría que avisar a sus colegas aspirantes a astrónomos de que no se presentasen la tarde del viernes como era costumbre, pues no sabía si estaría en condiciones de debatir e investigar sobre las estrellas o el universo. En la casa, que se encontraba a las afueras del pueblo, en la zona más alta, hacía ya un par de años que había habilitado y construido un pequeño observatorio donde investigaba con sus colegas de afición cualquier fenómeno que ocurriera en el cielo. Aunque a él le atraía especialmente la Luna.

Mientras Antonio y los chavales hacían los ajustes pertinentes, Gregorio llamó a Bea.

¿Por qué no cogerá el teléfono?, nunca se va a dormir tan temprano.

 

Comenzó a sonar una canción de Bisbal en el teléfono de Bea. Era su tono de llamada. Beatriz se puso a bailar como una loca. La llamada finalizó y todo quedó nuevamente en silencio. Ese baile merecía otra copa de vino. Así que se dispuso a abrir la segunda botella. Estaba mareada y el corcho se resistía a salir, se puso nerviosa y golpeó la botella contra el canto de la mesa sin calcular la fuerza. Hubo un estruendo inesperado; cristales y vino dieron color y olor a la fiesta al derramarse por el sofá, la mesa y el suelo.

La impotencia hizo que Bea echara a llorar desconsolada abrazándose a uno de los cojines del sofá.

Por fortuna para Beatriz libraba el viernes. Nadie la llamaría al día siguiente del hospital preocupándose por si le había pasado algo, pues era una mujer muy responsable y nunca faltaba al trabajo sin una causa justificada.

 

A las 5:10 h de la mañana la furgoneta con sus cuatro ocupantes cansados y soñolientos se adentraba en el garaje de la central eléctrica. Gregorio, orgulloso del trabajo realizado por su equipo les quiso invitar a desayunar. Aparcarían e irían directamente a “El Tornado”, la cafetería que se encontraba en la calle paralela a la Central, ya que sabían que abría a las 5:00 h. Después se iría cada uno a su casa a descansar y, por supuesto tendrían el viernes libre.

No habían parado el motor del vehículo cuando sonó el teléfono de Gregorio. Era de la Central. Eso no podían ser buenas noticias.

—Don Gregorio, ha ocurrido algo terrible… —la telefonista habló con mucha calma, aunque las palabras no auguraban nada bueno —tenemos la provincia entera a oscuras excepto las cuatro manzanas que cubren los generadores de emergencia de la central.

 

Gregorio no podía creer lo que le acababan de decir. No dijo nada. Colgó. Se giró hacia sus compañeros.

—Señores, vayan a desayunar. Todo lo que les apetezca; que lo incluyan en mi cuenta. Después se van a sus casas a descansar —hizo una pausa para coger aire —pero dejen cerca sus teléfonos, pues van a tener que hacer muchas horas extra los próximos días.

 

Subió hasta la sexta planta. Pero antes de enfrentarse al problema abrió la ventana del pasillo para respirar una bocanada de aire fresco y obligarse a desacelerar sus pulsaciones respirando hondo. Desde allí podía ver su coche. Además de los otros dos coches que aún seguían en el mismo sitio que la tarde del día anterior, empezaba a haber un goteo de coches de los trabajadores que iban a comenzar su jornada. Pronto llegaría también Silvia.

Sonó Bisbal de nuevo para despertar a Bea. Esta vez sí que descolgó, sobretodo para que no le explotara la cabeza.

—¿Bea?

—Amooorr —arrastró la palabra casi sin darse cuenta.

—¿Estás bien?

Quiero hacer el amor. Me pondré el conjunto que me regalaste la semana pasada.

No digas tonterías Bea. Ha pasado algo gordo. ¿Tienes luz?

—… No —dijo después de apretar el interruptor de la lámpara de pie del salón, al cual llegó tras estirar el brazo.

—Tengo que dejarte.

¿Quién sería la zorra que le estaba arrebatando a su marido? Pensó.

—¿Dejarme? ¿Te refieres a acabar conmigo, a divorcio? ¿O solo a que me tienes que colgar?

 

Afortunadamente ya había colgado. Beatriz se echó a llorar. Enseguida le llegó la peste a vino agrio y dejó de llorar. Tocaba aclarar ideas.

Era 31 de enero y hacía frío, así que se puso la bata, se tomó una aspirina con el café bien calentito, limpió bien el salón y le dio al sofá con amoniaco, se duchó y salió a pasear para que le diera el aire en la cara.

La gente estaba histérica. Muchos comercios no habían podido abrir por no tener electricidad, otros habían abierto pero sin poder ofrecer sus servicios al 100 por 100. Todos coincidían en que no abrir normalmente sería un duro golpe para sus bolsillos. Un día sin ingresos para un pequeño comerciante significaba mucho económicamente. Todos los comentarios acababan en que denunciarían a la compañía eléctrica. Si supiesen que su marido era el responsable de su mal, probablemente tendría que salir corriendo.

Empezó a escuchar otra corriente de comentarios donde decían que no les pagarían nada, porque seguro que inventarían cualquier excusa para no pagar, como ocurre con los fenómenos  meteorológicos. Demasiada gente crispada. Bea se dio cuenta de que sus sospechas no tenían sentido. Goyo había estado trabajando toda la noche, no podía haber estado con ninguna pelandusca.

Se sentó en un banco para ojear la aplicación de noticias, a ver si encontraba algo referente al apagón. No encontró nada, pero le llamó la atención una noticia; el primer caso en España de coronavirus, concretamente en La Gomera.

 

Gregorio llevaba casi dos horas hablando con casi todo el mundo. Desde informática le habían dicho que el virus se había extendido durante la noche. Era claro que alguien había hackeado el sistema. Gregorio vio claro que era obra de la competencia, pues quedaba un año de concesión. A principios de 2021 la concesión eléctrica entraría en concurso y nadie dudaba de que nos la volverían a conceder a nosotros. Ahora la compañía quedaría en entredicho y quién sabe qué pasará.

 

Necesitaba descansar. Se tumbaría en el sofá de su despachó. Silvia, la guapa secretaria de Gregorio desde hacía cuatro meses ya estaba en su puesto, era una mujer muy eficiente y confiaba en ella a pesar de llevar poco tiempo. Desvió las llamadas del móvil al teléfono de Silvia y la dejó encargada de filtrar las llamadas. Sólo le podía despertar si había una llamada importante. Seguro que se le ocurría algo después de descansar la mente.

 

CONTINUARÁ…

CAPÍTULO I

 

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“No dejes que te venza el cansancio o el miedo, utilízalo para avanzar, para seguir” -Joël Dicker-


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